Sobre Ucrania, la OTAN y el desarme moral de la izquierda
«Y encima de aquel tanque estaba metido hasta la cintura en la cabina un soldado del Reich, en la cabeza llevaba un birrete negro con la calavera y las tibias cruzadas, y mi abuelo seguía de frente hacia ese tanque y llevaba los brazos estirados y con los ojos les infundía a los alemanes la idea, dad la vuelta y regresad... y de verdad, el primer tanque se detuvo, todo el ejército se quedó quieto, el abuelo tocó aquel tanque con los dedos y siguió emitiendo la misma idea... dad la vuelta y regresad, dad la vuelta y regresad, dad la vuelta... y después un teniente hizo una señal con un banderín y el tanque se puso en marcha, pero el abuelo no se movió y el tanque lo atropelló, le arrancó la cabeza, y ya no hubo nada que le cerrara el camino al ejército del Reich».
Bohumil Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados
El 13 de marzo de 1986 mi amiga Susana cumplía diecisiete años. Ninguno de sus amigos la felicitó. Se nos olvidó por completo. Nos lo echó en cara durante años, la pobre. Todos teníamos la cabeza en otra parte, y esa otra parte eran los resultados del referéndum celebrado el día antes, en el que una mayoría de españoles había votado a favor de la permanencia de España en la OTAN.
Mi generación se estrenaba en política con un sonoro fracaso. Muchos de nosotros ni siquiera teníamos edad para votar aquel 12 de marzo, pero habíamos vivido la campaña antiOTAN con un entusiasmo feroz, casi con ebriedad. Por eso mismo la resaca iba a ser espantosa. La izquierda española entraba en una nueva era y nosotros con ella. Nuestros guías y monitores peinaban ya alguna cana, venían de la sacrosanta Transición con sus traumas y sus platajuntas y sus listas de traidores a la Causa, y sacaban petróleo de sus contradicciones. La más evidente de todas, haber votado al PSOE en primera convocatoria, propiciando una primera mayoría absoluta de Felipe González cuya sombra hamletiana se alargó hasta 2015, cuando por fin en el Congreso de los Diputados hizo acto de presencia un grupo parlamentario con escaños suficientes para hacer verosímil la idea de una izquierda alternativa. Pero esa es otra historia.
Aún no los llamábamos boomers, a aquellos disidentes del eurocomunismo, el maoísmo y los demás ismos que, descreídos ahora del PSOE, soñaban con agitar a las masas obreras y campesinas al grito de "OTAN no, bases fuera". La OTAN fue que sí y las bases se quedaron. Y la izquierda realmente inexistente subsistió / subsistimos abjurando de la ambición electoral e invirtiendo en movimientos sociales, aquellas criptomonedas de la solidaridad que nunca nos salvaron de la bancarrota electoral pero que, al menos, sanearon la contabilidad moral de la sociedad española, hasta el punto de que durante tres décadas aquí no hubo derecha más extrema que la que representaba el ya de por sí extremo Partido Popular. Algo es algo.
Aquella primavera de 1986, algo sabíamos ya de analogías imperfectas. Toda una campaña contra la permanencia de España en la OTAN nos había puesto en guardia contra anacronismos del tipo "¿Y si los aliados no hubieran intervenido militarmente contra los nazis?", o su contrafigura: "¿Y si los países occidentales hubieran intervenido para defender la II República española?"; pero no recelábamos menos del supremacismo histórico que nos considera inmunes a repetir errores pasados. Ninguno de nosotros se veía combatiendo en un frente común con los noruegos y los estadounidenses, sobre todo porque en el bando enemigo estarían las repúblicas populares, los vietnamitas y los cubanos, nuestros hermanos, que jamás querrían hacernos daño. Aunque no está de más recordar que ese razonamiento tan de Guerra Fría era, entonces y siempre, minoritario: si algo fue el movimiento antimilitarista español fue eso, antimilitarista. Siempre había alguien que te soltaba un "La mili con los milis", y a más de uno se le vestían de caqui los ojillos cuando oía el "Grandôla vila morena", pero en el fondo, tanto como en la superficie, sabíamos que nuestra negativa a disparar un arma en un ejército regular era sincera, rotunda e inconmovible.
Nunca tuvimos que someter nuestro pacifismo a la prueba de fuego de una guerra. No es que desconfiáramos de nuestra capacidad de sacrificio: miles de jóvenes se enfrentaron a duras penas de prisión por negarse a hacer la mili. Pero oponerse al servicio militar obligatorio era coherente y no suscitaba ningún dilema moral. El PSOE en el gobierno nos acusó de desestabilizar la democracia y prometió todo el fuego del infierno para los insumisos, Enrique Múgica dixit. José María Aznar leyó muy bien la situación y profesionalizó el ejército nada más llegar al gobierno en 1996, poco antes de que España se integrara definitivamente en la estructura militar de la OTAN, que no era lo que se había votado en 1986. La reforma del Código Penal de 2002 rubricaba el triunfo del movimiento antimilitarista y a la vez lo liquidaba. Las guerras, para entonces, las libraban soldados con contrato de trabajo al grito de "¡Viva Honduras!".
Desde entonces, bajo el paraguas de la OTAN, España ha participado en campañas militares en todo el mundo sin la menor presión social en contra ni a favor. Irak fue la excepción. Ni Afganistán ni Libia ni Siria generaron demasiado rechazo popular. Ni el envío de setecientos militares a la frontera eslovaca con Ucrania, hace cosa de un año. Sospecho que, mientras no haya levas, ni quintas, ni se llame a los reservistas, la sociedad española reaccionará ante una eventual intervención armada en suelo ucraniano con la misma indiferencia.
Que las cosas sean así no tiene que implicar forzosamente que nos gusten. Que el movimiento antimilitarista no supiera reaccionar al intrépido movimiento de cadera de Aznar no quiere decir que sus metas no fueran nobles ni que no podamos reabrir la causa de la desmilitarización de la sociedad. Pero esas metas y esa causa no se pueden reactivar a toque de corneta, valga la falsa paradoja, ni se reducen a demandar que España se inhiba de participar en algunos conflictos militares.
En ausencia de músculo antimilitarista, cualquier apelación a la paz perpetua, a la salida de España de la OTAN o a la no injerencia en conflictos como el de Ucrania cursará siempre con la sospecha de cinismo. Sobre todo cuando gran parte de ese pacifismo sobrevenido se tornaría seguramente en su contrario si la Unión Europea apostara por defender a la población palestina frente a Israel. Si lo que se invoca son valores morales y se aplican consideraciones éticas, el gramaje de la discusión tiene que ser categórico, no puede estar condicionado a si los actores implicados desprenden good vibes o tienen una hoja de servicios inmaculada. Y si las razones para defender la no injerencia en Ucrania son solo legibles en el marco de las trifulcas domésticas de la izquierda española, o remiten a algún arcano de la geopolítica incel, las consideraciones éticas que supuestamente las sustentan dejan de ser relevantes.
Nadie puede parar un tanque con el poder de su mente. Ni siquiera, a veces, con el poder de otro tanque. Pero, si hay dos tanques frente a frente, mejor que uno de ellos represente alguna posibilidad de que la paz no equivalga a la derrota. Esa diferencia cualitativa entre unos tanques y otros no la proporcionan oscuros razonamientos estratégicos basados en cartas de marear de hace cuarenta años, sino la letra de los tratados internacionales y la capacidad de disuasión de quienes los secundan. Y tal vez me equivoque, pero hay algo perverso, y muy zafio, en invocar los lemas del antimilitarismo para reforzar las posiciones de Vladimir Putin y Donald Trump.